A propósito D... Visitas de menores con progenitores condenados por violencia de género

El proceso de separación de las mujeres que sufren violencia de género por parte de su compañero sentimental, es un camino difícil, doloroso y traumático. Cuando después de mil contratiempos consiguen tomar la decisión de denunciar a su pareja, se inicia un largo y tortuoso proceso jurídico, hasta conseguir desvincularse definitivamente de él.


En el caso de que la pareja tenga hijos e hijas, el cierre definitivo puede que no se dé nunca, ya que la vida de los y las menores es, aunque haya una orden de protección hacía la mujer, una fuente de unión y de incapacidad de desvinculación por parte de los progenitores.

El vínculo traumático que las mujeres víctimas de violencia de género han mantenido con el maltratador, hace que la decisión de abandonar la relación y denunciar sea un deseo irrealizable y peligroso para muchas de ellas. Según los datos del Observatorio de Violencia de Género, el 74% de las 62 mujeres asesinadas por violencia de género en 2011 no habían denunciado al maltratador. En el caso de compartir descendencia, una vez que las mujeres pueden romper con este vínculo traumático y toman la decisión de salir de esta relación, son los y las menores los que mantienen el vínculo con el progenitor.

Dado que la mujer ha podido tomar conciencia de toda esta situación, cabe plantearse: ¿pueden los hombres tomar conciencia de la violencia que han ejercido?

Diferentes estudios muestran que en más del 90% de los casos Nieva (2010), se produce la concesión de las visitas a los padres con derecho a pernocta. Esto legitima psíquicamente para poder sentirse validados y amparados por un marco legal, que les da el reconocimiento para seguir ejerciendo la parentalidad. A través de ella, se abre la posibilidad de continuar ejerciendo la violencia de género. En estos casos la herramienta que tienen a su alcance para seguir ejerciendo la violencia hacía esas mujeres es la relación con los hijos y las hijas que comparten.

La motivación central de estos hombres es la de poder mandar mensajes de control hacia las madres por vía de los niños y niñas, utilizando el miedo como herramienta. Asimismo, consiguen obtener información de las madres a través de los y las menores. Hay casos en los que dado que la agresividad es la forma de compensación narcisista que tienen estos hombres, dejan de utilizar a la madre para tal fin después de la separación, siendo los hijos y las hijas los que pasan a ser fuente de denigraciones, vejaciones, maltrato psicológico y físico e incluso abuso sexual.

¿Por qué llega a ser tan difícil diagnosticar situaciones en el que los y las menores estén inmersos en relaciones de maltrato? De acuerdo con Serrano (2012): "La víctima, para evitar el maltrato, trata de anticiparse a los deseos del maltratador y así evitar el daño."

En los y las menores que mantienen relaciones con padres maltratadores se produce un mecanismo semejante: el miedo adaptativo para salir ilesos es lo que centra la motivación de vida del menor. Así, el miedo de estos menores llega a ser constante, incluso cuando vuelven a estar con sus madres, ya que siguen instalados en la mente del agresor. De esta manera, la mente del maltratador, sus actitudes y creencias se instalan en el psiquismo del o de la menor; desplazando en mayor o menor medida al psiquismo de estos.

Así, una de las dificultades que surge a la hora de trabajar con niños y niñas es la de que sus capacidades simbólicas, dependiendo su edad y la etapa evolutiva en la que se encuentran, pueden estar seriamente mermadas para manifestar lo que les ocurre, a lo que se suma la historia de maltrato y el daño resultante.

Al explorar a menores bajo estas circunstancias tras las visitas con el padre, lo habitual es encontrarse con un niño o niña en consulta que está ensimismado, con miedo manifiesto. En el mejor de los casos, con un niño o niña muy agresivo que manifiesta conductas vejatorias, o que reproduce, a través de la identificación, las agresiones hacía los vínculos seguros- madre o terapeuta-, que sabe que a pesar de manifestar todo su malestar, no van a retirarse en sus funciones de sostén.

En muchas ocasiones, los y las menores manifiestan trastornos de conducta, sintomatología depresiva y ansiedad episódica elevada que puede alcanzar el rango de ataques de pánico. Cuando se llega a este punto, se hace necesario el abordaje psicofarmacológico para intentar contener químicamente conductas tan disruptivas, resistentes puntualmente a la intervención psicológica. Si bien, esta estrategia, en muchas ocasiones tampoco resulta eficaz.

Trabajar en la prevención sería hacerlo con los y las menores expuestos a la violencia de género, para poder facilitarles una vida en la que los patrones de violencia no estén integrados como forma habitual de relacionarse.

Sería deseable que los y las menores dejasen de ser el arma arrojadiza que les queda a estos padres, aportaría una gran ventaja para la salud de estos niños y niñas y para que en las próximas generaciones pudiésemos acabar con la violencia de género.

Por último, sería deseable exigir una especialización adecuada a los operadores jurídicos y profesionales que intervienen en los procesos de cese de la violencia.

Pablo Nieva Serrano
Psicólogo y miembro de la Junta de Gobierno del COPCLM
Col nº CM 01884

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